22 feb 2026

Hoy estoy melancólica, hace cinco años que no abro este cuaderno. Lleva vagando solo mucho tiempo, como yo. Hemos envejecido juntos y vamos por el mundo persiguiendo utopías que es lo único que nos queda a los viejos soñadores. No voy a compartir estos textos, si llegas hasta aquí será por los designios del algoritmo, o porque Dios quiera, si es que hay un Dios tecnológico que una caminos literarios.

Este tiempo he estado de investigación, como un curioso antropólogo, probando otras redes sociales y probar qué funciona en cada una de ellas. Y descubrir con asombro cómo he ido cambiando yo y mi manera de comunicar. Me he vuelto más ansiosa, todo es urgente, he entrado en una rueda de hamster donde todo es de consumo rápido.

 He multiplicado mi manera de producir textos, como churros, no como una gran escritora, no me he convertido en Fiódor Dostoyevski, que escribió El jugador (1866) en tres semanas, porque el hambre apretaba. No, aquí la trituradora es el medio, lo publicas y ya hay miradas que observan. No sabemos si leen, pero miran. El texto es una imagen que hay que descifrar, descodificar. En esas redes sociales el consumo es salvaje. La urgencia es contagiosa, la del lector y la del productor al seguir hilvanando palabras de manera febril.

 No te llaman escritora, sino creadora de contenido. Un contenido de bajo nivel porque el texto es plano, de una sola dimensión: sin capas de imagen fija, o imagen en movimiento, banda sonora o diálogos. Copywriterstorytelling, un montón de anglicismos para que el escritor pueda empaquetar los textos en tecnicismos y quizás cobrar por ellos. Si las marcas tienen a bien acogerte en su seno. 

Estos cinco años, he aprendido a escribir en el móvil, mientras voy en el bus, caminando, sentada en un banco, mientras cruzo un paso de peatones con el semáforo en ámbar parpadeante. Sí, no es broma... Es la creación delirante y desbordada, quitándole todo lo sagrado a la escritura. Antaño los escritores se morían de hambre y se quitaban el frío con vino escribiendo a la luz de las velas. Era sagrado, místico, privado, eterno. Una vida casi monacal, aislada, silenciosa y austera con visos de eternidad. Ahora, escribir, es público, monetizable y de corta caducidad. 

Por un lado me siento escritora aunque no escribo en papel, quizás debería recopilar lo que tengo no sea que Google los borre. Escribir ahora es un esfuerzo de rebeldía, porque ChatGpt lo hace todo mejor que uno. De hecho, la velocidad del medio hace que el lector ante los vacíos creativos, te achuche a que sigas escribiendo, pero es que una no tiene un cerebro virtual, y necesita el reposo del guerrero y poder sentarse a meditar. Escribir es pesca de altura y requiere su tiempo.

Salí a analizar cómo funcionaba el sistema y ahora tengo que analizar, en qué me ha convertido ése sistema, sea como sea: ¡Qué bueno regresar a casa!


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