- ¡Que no, que ya te he dicho que se acabó! Que incluso si a Jesucristo le hubiesen dado la oportunidad, a los treinta y cuatro, él mismo se hubiera quitado los clavos.
En silencio escuchaba la ojiplática María, la sarta de reflexiones del enojado muchacho, mientras en su interior imaginaba cómo la figura del antiguo crucifijo se quitaba la corona de espinas, se arrancaba cada clavo y se iba a urgencias a darse puntos en la herida del costado. Dando así al mundo una lección de autoayuda y respeto a la vida que muchos no saben ni reparan en su valor.
- ¿Me estás escuchando María?
- Sí, por supuesto, los clavos - se limitó a repetir las últimas palabras para dar la sensación de una escucha activa que realmente no había practicado, pero que la salvaba de tener que admitir que hacía mucho que había desconectado mentalmente de la conversación.
- Entonces, ¿qué me dices? - le insiste él, pero ella responde con el silencio mientras piensa que tal vez Jesús debería ponerse la antitetánica.