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24 nov 2016

Poesía: El Banco (II)

Loiba, El País
La farola está apagada.
El verano se acabó,
Y con él sus excesos.
¿Cuántos se sentaron
y charlaron entre sus maderos?
Barcos varados,
Hasta la siguiente pleamar.
No hay tripulación,
La góndola se transformó
En navío de guerra.
Pero no hay tripulación.
¿Dónde están los marineros de las fotos?
¿Dónde los besos robados a chicas ciegas por el uniforme
y los propósitos de traer la paz?
El banco, góndola suspira solo en noviembre.
Echa de menos el verano,
y las historias falsas para conseguir cariño de urgencia.
La madera cruje entre el oleaje seco del ruido de los coches.
Banco seco porque la lluvia no viene a visitarlo.
El silencioso banco-góndola-navío
quiere ser trono de almas que desean morir entre sus astillas.
Él espera a oscuras a que llegues de madrugada,
para llevarte más cerca,
Donde los chasquidos se confunden con la furtividad de los que se refugian entre las sombras de un banco agrietado y seco. Veranos mejores han vivido sus maderas viejas. (YSH)

* Enlace de interés. El banco (I)

3 ago 2016

Minirrelato: Los posos de la libertad

La vida es un desierto llenos de caídos en las dunas. Unas veces están muertos, convertidos en pasto para los buitres. Otras encuentras jaimas que cobijan seres que ocultan su rostro bajo un turbante. No hay tela que esconda una mirada turbia y quemada por el sol. Una mirada que ve fantasmas dentro y fuera. Unas veces ofrecen ayuda a altos precios, otras la dan sin pedir nada a cambio.

Algunos son soldados que entregan su pasión y su alma en misión de guerra a salvar al resto de cuerpos calcinados al sol. Rebotan las balas en las manos, las hay a cientos, parece lluvia férrica polvórica o con tintes de dinamita. La piel quemada por el sol, tiene tatuada las instrucciones y los mapas de la misión.

Estos individuos son hijos del desierto que solo se esconden cuando suenan los silbidos de las balas en el aire. El estampido continuado no permite escuchar el susurro del viento. Hace tiempo que se quedó mudo al intentar sobreponerse a los obuses.

Los dueños de las jaimas, esconden mujeres de ojos brillantes como luciérnagas. Trafican con sus almas, pues sus cuerpos de arena se diluyeron en extraño montículo. Aún así, las manos deseosas de contacto, las manosean y buscan sus miradas. Ellas, las mujeres de arena, están atrapadas en la tradición, la educación y el miedo al arma que la apunta entre los ojos con puntería certera.

Fallecidos prosistas dicen que no existen las perversiones. Todo depende del grano de arena que utilice para mirar. Hay cientos. La vida es un desierto, lleno de hienas, buitres, serpientes, escorpiones. ¿A dónde me has traído?- dijo la chica nueva que estaba empezando a desmoronarse. Una de las mujeres invisibles le dijo: Estás donde ningún ser humano debería venir.

- ¿En quién confío? - dijo ella. ¿Y qué pasa con las promesas y los votos escritos en papel de pergamino?

-Las promesas se las lleva el viento, al igual que los rescoldos del papel lleno de deseos. Si estás aquí, ninguno era genuino.

- ¿Qué extraño y dónde quedó la intuición? ¿La tuviste?

- No he tenido tiempo de pensar, el viento, las circunstancias, el tiempo y la inocencia, me llevaron hasta una caravana y me dejé llevar.

- Insensata- dijo la voz que pertenecía a los brillantes ojos azules.

- ¿Y vosotras por qué no huís?

- Esperamos a los soldados, pero no llegan nunca. Mueren en el camino y esta jaima nunca se desmorona.

-Pero, ¿no tenéis cuerpo vuestra alma es libre ya?

- Estoy atada a mil cuerdas, emocionales, físicas e invisibles.

- Pero, ya puedes salir, no tienes piernas pero ya puedes volar.

- Sí, pero mis hijos de mil padres están aquí, me necesitan y yo a ellos. Yo ya no tengo pasado ni vida anterior. Cuando perdí mis raíces volé sin rumbo hasta que fui presa en la jaima. Ahora el infierno es mi casa. Pero tú no esperes a quedarte hueca. Mi taza está vacía y dentro no hay más que posos de mí misma.

Pero, fuera hay muertos, soldados que intentan defender los huesos de unos desconocidos. Podemos aprovechar el ruido y nos vamos juntas. Llévate a tus hijos. 

- No puedo, mis hijos son esos soldados que luchan por defender la libertad de los que no quieren ser liberados. Luchan para que la paz salga de las arenas movedizas, que se la tragan a marchas forzadas. Los soldados son los hijos de mil hombres que pasaron por la jaima. Luchan por tener identidad.

- Callada me dejas, pero si quieres estar aquí , ¿por qué sufres?, de tus ojos manan lágrimas sin parar.

- Su dolor es mi dolor. El resto del mundo continúa con sus rutinas y aquí en el desierto tan solo los alacranes nos preguntan qué hacemos antes de clavar su aguijón. Vivimos en un mundo en guerra, y las cadenas son visibles e invisibles.
Mis hijos son aguerridos pero están atrapados aquí, son hijos de la arena.

- ¿Pero aquí no hay nada que ganar ni que perder?, ¡Qué obstinación!

- Cariño, sal de aquí ya, cuenta lo que has visto, no lo escondas, pero sal antes que se vuelque tu taza y sólo quede el recuerdo distorsionado de ti misma. En el infierno se fraguan las espadas y se destruyen los cuerpos. Aquí las cenizas se mezclan con la arena.

- ¿He caído en una trampa?

- Solo si tú lo permites.


19 mar 2011

La sombrilla: Antes, niños de la guerra. Ahora, guardianes de la memoria

Desde su atalaya de Pedreg­alejo, Clotilde, mira el mar de frente, con el muelle del Candado a la izquierda y el puerto de Málaga a la derecha, a sus pies un cementerio. “Son vecinos tranquilos, no dan un ruido”, bromea mientras nos muestra las plantas de la terraza y un botijo africano con una cara en relieve, recuerdo de su estancia en el Congo Belga en la época colonialista. Clotilde Vega y su marido Paul Mandeville nos abren la puerta de su casa, para contarnos un poco de la historia de una época que parece lejana, pero de la que ellos son testigos vivos. Niños a los que la guerra transformó su patio de juegos en trincheras, alejándoles de sus familias.


Los 36 niños a su llegada a Ostende (Bélgica)

Clotilde no quiere decir su edad , aunque "tiene un hijo de 60 años", dice señalando una foto con orgullo. En el interior de la vivienda, su marido Paul escucha lo que hablamos y nos enseña unas fotos en blanco y negro. En una de las imágenes hay unos niños subidos a un camión y en la otra 36 niños españoles “solos, agotados y llenos de sarna” posan ante la cámara en Bélgica. Chavales sacados del infierno de la Guerra Civil española pero que sin saberlo eran conducidos a otro escenario bélico, la invasión nazi de Francia y Bélgica durante la II Guerra Mundial.

Clotilde-niña, o “Toti” como pide que la llamen, tenía 12 años cuando sube a un camión junto sus compañeros de viaje para atravesar los Pirineos nevados rumbo a Bélgica en el invierno de 1939. La primera parada fue en Francia donde esperaron unos meses antes de proseguir viaje. Allí estuvieron en un hotel cuyo salón de actos se transformó en patio de juegos, para amenizar las horas ensayaban una pequeña obra de teatro “Botón rompetapones”.

En Ostende (Bélgica), la acogió en su casa el periodista Mathieu Corman, reportero y corresponsal de guerra, de origen belga y que estuvo en el frente español haciendo coberturas para el periódico francés “Ce soir”. Amigo de Robert Capa y Hemingway compartieron trincheras y vocación. Corman estuvo en Guernica durante el bombardeo: “Era uno de los pocos que tenía cámara nocturna y sacó fotos de la ciudad entre las llamas. Esas fotografías inspiraron el cuadro que pintó posteriormente Picasso”, dice Toti con orgullo. “Eso lo descubrí por casualidad, en una librería de Estados Unidos consultando un libro sobre el pintor malagueño. Allí estaba la fotografía de mi padrino y la explicación sobre el cuadro. Fue encontrarme de repente con su legado”. “Las fotografías de la guerra las guardo en una caja en la buhardilla, muchas veces me subía a ver a España en guerra. Fotos del frente, de los soldados”.

Corman, fue su padrino y la hacía practicar el español para que no lo olvidara. Toti, en Ostende retomó sus rutinas de niña, tales como: ir al colegio, estudiar. Hasta que la mañana, del 10 de mayo de 1940, llegó del colegio a la librería de su padrino y la encontró precintada. Esa librería durante la invasión fue considerada como “estafeta comunista”. Al llegar y ver la puerta precintada ya no supo nada más de él: “Nunca pudimos ponernos en contacto para no delatar su posición”. Este fue el detonante que la hizo decirse a sumarse a la resistencia: “Yo quería ayudar”, dice con humildad mientras su marido Paul añade: “Toti, es la 'Audrey Hepburn' malagueña. Las dos hicieron de enlace durante la guerra”.

De nuevo su vida volvió a cambiar, su padrino tuvo que esconderse, vivir en la clandestinidad. Toti por su aspecto aniñado, su cuer­pecito delgado, no llamaba la atención. Era una niña más, pero eso le sirvió para ayudar en un grupo de resistencia antifascista. De memoria privilegida, Toti llevaba mensajes y paquetes a direcciones que no podía apuntar. Acudía a citas en los parques donde dejaba libros llenos de secretos ocultos entregados a desconocidos. “No sabía quién era ni cómo se llamaba, por seguridad. Por si me detenían para que no delatara a nadie durante los interrogatorios” . “También solíamos quedar en los cines, reservábamos varias butacas vacías y con la luz apagada haciamos el intercambio de mensajes. Durante una de las sesiones encendieron las luces y dos soldados alemanes sacaron a la gente de la sala para cachearlos. Yo me metí el papel en la ropa interior y no me pillaron”.

Algunas de las precauciones que tenían que tomar era: “Comprobar si alguien los seguía demasiado tiempo, revisar las casas de los enlaces y asegurarse si había señales en las ventanas advirtiendo de que la casa era segura o no. “ Si había una maceta de flores puesta en el alféizar significaba que no era segura que no entráramos. Había que estar siempre alerta”, continúa añadiendo una anécdota: “Una vez me despisté y no me fijé que estaba la maceta colocada en la ventana. Había una redada encubierta ya que entraban los soldados de incógnito y aparcaban los coches lejos de la casa que iban a intervenir. Se llevaron a dos hermanos – un chico y una chica- los torturaron de tal manera que a uno de ellos no le volvió a crecer el pelo”.

“Todavía tenemos amigos que conservan el tatuaje con la numeración que les ponían en los campos de concentración. Son mayores cuando mueran se olvidarán sus historias, sus testimonios. Y 'ellos' habrán logrado su objetivo”, dice refiriéndose al fascismo y las 'purgas' que se hicieron en los campos como Ravensbruck (Austria) cerca de Mauthausen a donde enviaron a 7.000 españoles”.

Toti y Paul, recuerdan fechas, nombres y lugares con precisión casi milimétrica, no desean olvidar : 

"Para que esos episodios no se repitan”. En la actualidad, están muy comprometidos con los movimientos por la paz, la memoria histórica y toda aquella causa que ayude a dejar un mundo mejor para sus nietos. “Hay que implicarse, aunque sea para hacer bulto. Si en una manifestación hay 102 personas, y de repente hay 104, somos Paul y yo”, añade sonriendo mientras salimos a la calle a pasear junto a la orilla del Mediterráneo.