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Artículo 20 de la Constitución Española de 1978. Se reconocen y protegen los derechos: A expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción. A la producción y creación literaria, artística, científica y técnica. A comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión.

"Quien teme expresar lo que piensa, acaba no pensando aquello que no puede decir". Manuel Arias

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En este cajón de sastre vuelco mis dos pasiones: la Literatura y el Periodismo. Se encuentran pero no se mezclan.

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12 ene. 2014

Locurreflexiones: El dominical

Kiosko
Acabo de bajar a comprar el periódico, hace tiempo que tenía descuidada esta buena costumbre, pero he vuelto triste. El porqué de esta emoción es simple. La revista o magacín la he abierto con ávidez, y solo saltaron a mis ojos los brillantes colores de los publirreportajes sobre moda y destinos turísticos. Magníficas fotos, diseño excelente, pero pura paja... Inspiré largo y tendido. No pasa nada, la publicidad es un mal necesario y/o indispensable, pensé. Pasé al ejemplar de prensa que era lo que realmente buscaba, me sorprendió que pesaba poco. ¿Qué extraño? Si el periódico de los domingos venía cargado de sorpresas desde la primera hasta la última página. He echado una ojeada rápida a dos crónicas de una página cada una, de dos corresponsales en el extranjero. Es lo único salvable, se me escapó en voz alta.

Me digo a mi misma, Yeiza, tranquila te estás acostumbrando a leer en el móvil las noticias que te interesan, la rápidez y variedad que encuentras en ese formato hace que te parezca insulso este ejemplar. ¡Dios, mío me estoy volviendo un monstruo digital! Me siento estafada al comprar en papel. Necesito sentarme con un café o un té para pasar sus páginas voluminosas. Ya no me siento una 'falsa intelectual' que compra el dominical en el kiosko y se pasea por las callejuelas mirando a los que no lo han hecho. Me siento una antigualla con patas, casi siento vergüenza. 

Llevo tiempo sintiéndome rara, cuando desayuno pido sin pudor todos los periódicos que tengan en la cafetería de turno, para asombro de los camareros. Este siempre ha sido uno de mis vicios inconfensables. Recortaba a mis columnistas de culto, guardaba los reportajes que me habían gustado. Cogía ideas, continuaba el hilo de las conversaciones que ellos inician con cada información... Serán las prisas, seguro que por eso tengo este ejemplar en las manos y como un antiguo amigo nos iremos reconociendo o despidiendo del todo.  De la información no, del formato. 

Aún recuerdo que en mis muchas mudanzas siempre he tenido que llevar, con todo el dolor de mi alma, los ejemplares atrasados que no me había dado tiempo a leer y se habían vuelto de un gris sucio por el olvido. Los tiraba pensando, cuánto trabajo ajeno sin aprovechar, cuánta información me voy a perder... Es que soy muy sentimental y he sido fetichista de la prensa en papel. Así que ahora no me reconozco. Estoy pensando en comprarme una tablet, si hay que suscribirse, una se suscribe. Ver en condiciones la información que ofrece un mundo convulso. 

Ahora no es momento para estar desconectado de la realidad, el mundo está cambiando a nivel global, y el trabajo periodístico que se está haciendo te obliga a mirar más allá de las fronteras del marco de la puerta. Da mareo e incluso asco en algunos momentos saber la verdad, conocer los detalles que esconde la sociedad en todos los sectores.

La dichosa frase de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, de su libro El Gatopardo: "Cambiarlo todo para que nada cambie", me indigna. Me suelo indignar a menudo, es otro defecto que tengo, me indigno valga para algo o no. No soporto esa mentalidad, porque la humanidad se ha desarrollado al margen de este tipo de ideas. A base de crisis y victorias hemos evolucionado, los que se aferran al poder agarrándose a coronas oxidadas o intentan perpetuar su molesta presencia embalsamados y en urnas de cristal, no son más que esperpentos decrépitos que existen porque destruirlo significaría que han impuesto una mentira y se les dejó hacer impunemente. Significaría que George Orwell en su obra 1984, no solo escribió un libro visionario, sino el cápitulo apócrifo del evangelio que nadie quiere leer. 

1 comentario:

Nómada planetario dijo...

Nos hemos acostumbrado a la información en píldoras. A lo telegráfico del twiter, al cotorreo de whatsapp, etc.
La clase rectora está como pulgas en perro vagabundo.
Los medios de comunicación viene a ser la voz de su amo.
Saludos.

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