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En este cajón de sastre vuelco mis dos pasiones: la Literatura y el Periodismo. Se encuentran pero no se mezclan.

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30 oct. 2010

Minirrelato: Historias de gatos (II)



¿Cómo domesticar a un gato? Dos relatos:

a) Teníamos una casa infestada de ratones y buscamos a la mejor gata. La que tenía fama de cazarratones número uno del barrio. Lo malo es que era muy salvaje, no permitía que se le acercara nadie. Así que entre mi amigo Antonio y yo, cogimos un saco, la acechamos y en un despiste suyo: ¡Ála, al saco!

La maldita gata no paró de arañar, maullar y bufar. A pesar de la fuerte y tupida tela del saco nos llevamos unos cuantos arañazos, pero ya estaba dentro. Sonreímos por nuestro triunfo y decidimos esperar un par de horas a que se amansara. Cuando por fin se tranquilizó la llevamos a la casa y la soltamos en el viejo edificio. Cuando el animal se vió fuera del saco nos miró fijamente. En su mirada gatuna brillaba el odio, pero no nos dedicó más de un segundo, se giró deprisa y desapareció entre los matorrales. No la vimos más, se volvió invisible, pero los ratones fueron desapareciendo poco.

b) Tendría unos 18 años cuando me mandaron a hacer unos recados, era bien entrada la noche, y no había rastro de la luna por ningún lado. Sólo la amarillenta luz de las farolas iluminaban el camino. Así que de farola en farola corría buscando amparo. En una de ellas, sentada bajo su luz estaba Mimosa, la gata, que de cariñosa solo tenía el nombre, pues, era arisca y huidiza. No permitía que ningún niño la tocara, ni adulto que se le acercara.

Me pareció extraño verla sentada allí, como esperando algo. Durante un instante la gata y yo nos miramos fijamente. Fue extraño, era como si pudiera saber o entender lo que pensaba el felino en ese momento. Parecía que me mirase en un espejo y su reflejo me devolviera una energía que me golpeó el estómago y exhalé un suspiro. Fue como si llevara tiempo sin tomar un respiro. Sea como sea, algo pasó, nos pasó a las dos, porque empezó a seguirme, me buscó en casa, saltando por el balcón, me acompañaba mientras tendía la ropa en la azotea. Nos sentábamos juntas en el alféizar de la ventana y juntas mirábamos la luna. Esa magia duró unos meses, luego las prisas y los compromisos nos alejaron. Simplemente se esfumó.

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