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19 mar. 2011

La sombrilla: Antes, niños de la guerra. Ahora, guardianes de la memoria

Desde su atalaya de Pedreg­alejo, Clotilde, mira el mar de frente, con el muelle del Candado a la izquierda y el puerto de Málaga a la derecha, a sus pies un cementerio. “Son vecinos tranquilos, no dan un ruido”, bromea mientras nos muestra las plantas de la terraza y un botijo africano con una cara en relieve, recuerdo de su estancia en el Congo Belga en la época colonialista. Clotilde Vega y su marido Paul Mandeville nos abren la puerta de su casa, para contarnos un poco de la historia de una época que parece lejana, pero de la que ellos son testigos vivos. Niños a los que la guerra transformó su patio de juegos en trincheras, alejándoles de sus familias.


Los 36 niños a su llegada a Ostende (Bélgica)

Clotilde no quiere decir su edad , aunque "tiene un hijo de 60 años", dice señalando una foto con orgullo. En el interior de la vivienda, su marido Paul escucha lo que hablamos y nos enseña unas fotos en blanco y negro. En una de las imágenes hay unos niños subidos a un camión y en la otra 36 niños españoles “solos, agotados y llenos de sarna” posan ante la cámara en Bélgica. Chavales sacados del infierno de la Guerra Civil española pero que sin saberlo eran conducidos a otro escenario bélico, la invasión nazi de Francia y Bélgica durante la II Guerra Mundial.

Clotilde-niña, o “Toti” como pide que la llamen, tenía 12 años cuando sube a un camión junto sus compañeros de viaje para atravesar los Pirineos nevados rumbo a Bélgica en el invierno de 1939. La primera parada fue en Francia donde esperaron unos meses antes de proseguir viaje. Allí estuvieron en un hotel cuyo salón de actos se transformó en patio de juegos, para amenizar las horas ensayaban una pequeña obra de teatro “Botón rompetapones”.

En Ostende (Bélgica), la acogió en su casa el periodista Mathieu Corman, reportero y corresponsal de guerra, de origen belga y que estuvo en el frente español haciendo coberturas para el periódico francés “Ce soir”. Amigo de Robert Capa y Hemingway compartieron trincheras y vocación. Corman estuvo en Guernica durante el bombardeo: “Era uno de los pocos que tenía cámara nocturna y sacó fotos de la ciudad entre las llamas. Esas fotografías inspiraron el cuadro que pintó posteriormente Picasso”, dice Toti con orgullo. “Eso lo descubrí por casualidad, en una librería de Estados Unidos consultando un libro sobre el pintor malagueño. Allí estaba la fotografía de mi padrino y la explicación sobre el cuadro. Fue encontrarme de repente con su legado”. “Las fotografías de la guerra las guardo en una caja en la buhardilla, muchas veces me subía a ver a España en guerra. Fotos del frente, de los soldados”.

Corman, fue su padrino y la hacía practicar el español para que no lo olvidara. Toti, en Ostende retomó sus rutinas de niña, tales como: ir al colegio, estudiar. Hasta que la mañana, del 10 de mayo de 1940, llegó del colegio a la librería de su padrino y la encontró precintada. Esa librería durante la invasión fue considerada como “estafeta comunista”. Al llegar y ver la puerta precintada ya no supo nada más de él: “Nunca pudimos ponernos en contacto para no delatar su posición”. Este fue el detonante que la hizo decirse a sumarse a la resistencia: “Yo quería ayudar”, dice con humildad mientras su marido Paul añade: “Toti, es la 'Audrey Hepburn' malagueña. Las dos hicieron de enlace durante la guerra”.

De nuevo su vida volvió a cambiar, su padrino tuvo que esconderse, vivir en la clandestinidad. Toti por su aspecto aniñado, su cuer­pecito delgado, no llamaba la atención. Era una niña más, pero eso le sirvió para ayudar en un grupo de resistencia antifascista. De memoria privilegida, Toti llevaba mensajes y paquetes a direcciones que no podía apuntar. Acudía a citas en los parques donde dejaba libros llenos de secretos ocultos entregados a desconocidos. “No sabía quién era ni cómo se llamaba, por seguridad. Por si me detenían para que no delatara a nadie durante los interrogatorios” . “También solíamos quedar en los cines, reservábamos varias butacas vacías y con la luz apagada haciamos el intercambio de mensajes. Durante una de las sesiones encendieron las luces y dos soldados alemanes sacaron a la gente de la sala para cachearlos. Yo me metí el papel en la ropa interior y no me pillaron”.

Algunas de las precauciones que tenían que tomar era: “Comprobar si alguien los seguía demasiado tiempo, revisar las casas de los enlaces y asegurarse si había señales en las ventanas advirtiendo de que la casa era segura o no. “ Si había una maceta de flores puesta en el alféizar significaba que no era segura que no entráramos. Había que estar siempre alerta”, continúa añadiendo una anécdota: “Una vez me despisté y no me fijé que estaba la maceta colocada en la ventana. Había una redada encubierta ya que entraban los soldados de incógnito y aparcaban los coches lejos de la casa que iban a intervenir. Se llevaron a dos hermanos – un chico y una chica- los torturaron de tal manera que a uno de ellos no le volvió a crecer el pelo”.

“Todavía tenemos amigos que conservan el tatuaje con la numeración que les ponían en los campos de concentración. Son mayores cuando mueran se olvidarán sus historias, sus testimonios. Y 'ellos' habrán logrado su objetivo”, dice refiriéndose al fascismo y las 'purgas' que se hicieron en los campos como Ravensbruck (Austria) cerca de Mauthausen a donde enviaron a 7.000 españoles”.

Toti y Paul, recuerdan fechas, nombres y lugares con precisión casi milimétrica, no desean olvidar : 

"Para que esos episodios no se repitan”. En la actualidad, están muy comprometidos con los movimientos por la paz, la memoria histórica y toda aquella causa que ayude a dejar un mundo mejor para sus nietos. “Hay que implicarse, aunque sea para hacer bulto. Si en una manifestación hay 102 personas, y de repente hay 104, somos Paul y yo”, añade sonriendo mientras salimos a la calle a pasear junto a la orilla del Mediterráneo.

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